El mapa del deseo. Si hubiera que trazarlo, saldría uno para cada
individuo. "Da igual cada microgramo de piel que a uno le atraiga. Todo
ha sido objeto de deseo en alguna cultura. Entre los japoneses, la nuca
desnuda era terriblemente erótica, mucho más que los senos", dice el
poeta y novelista Gregorio Morales Villena, referencia en los círculos
de escritura erótica. El doctor Janiko R. Georgiadis, del departamento
de neurociencia de la Universidad holandesa de Groningen, maneja sus
hipótesis: "Algunas partes del cuerpo nos resultan biológicamente
llamativas porque muestran capacidad reproductiva". Y traza ejemplos: el
pecho, la ratio entre la cintura y la cadera, los rasgos faciales. Por
supuesto, añade, el aprendizaje juega sus cartas: "Existe una evolución
de las preferencias a lo largo de la vida. Las personas aprenden a
admirar otros rasgos en el camino, incluyendo información no relacionada
con el cuerpo, como la personalidad". Lo decía en la película Martín Hache (1997)
el personaje interpretado por Eusebio Poncela: "Yo me follo las
mentes". "El córtex cerebral, la parte más nueva y más desarrollada del
cerebro humano, desempeña un papel crítico en la percepción de la
excitación y el deseo", apunta el doctor Georgiadis. Allí se localizan
también la imaginación, la decisión, el juicio. Pero cuando se nos cruza
una imagen sexual perdemos el foco.
"Las regiones cerebrales que
controlan la atención se activan. Nos volvemos prácticamente incapaces
de no mirar", dice el doctor Martin Walter, del laboratorio de
afectividad y neuroimagen clínica de la Universidad de Magdeburgo
(Alemania). "La percepción de la excitación ha de generar una reacción
emocional fuerte. Se activa el sistema de recompensa, y este nos pide
que sigamos consumiendo o persigamos el objeto de deseo". La segregación
de dopamina, añade, suele estar relacionada con el grado de novedad.
"Normalmente nunca se muestran las partes más íntimas del cuerpo. Por
eso mantienen un alto nivel de interés", según el doctor Walter. Y por
eso, quizá, en esta etapa de destape general, la novedad se encuentre
"en los territorios pequeños", según la sexóloga Natalia Rubio. Un piercing o
un tatuaje en torno a lo ya visto. Son "detalles dentro de la zona",
dice Rubio. Están de moda, añade, lo anal y lo genital, pero
embellecido. O quizá siempre lo estuvieron. ¿Biología o cultura? A
continuación les presentamos un mapa del deseo sin ánimo exhaustivo y
sin orden de prelación. Es solo una sugerencia. Un recorrido erótico por
aquellos lugares del cuerpo que desvían la atención y aprietan ese
misterioso interruptor del cerebro.
1. EL CULO
O, lo
que es lo mismo, "esa enorme luz roja", en palabras de Dian Hanson, la
prestigiosa editora de volúmenes subidos de tono de Taschen, curtida en
mil y una revistas pornográficas de los años setenta y ochenta. "Los
traseros femeninos atraen porque históricamente las relaciones sexuales
se mantenían por detrás". Como un faro en la niebla. Y un barco llegando
a puerto. Según el Diccionario del sexo y el erotismo, de Félix
Rodríguez, recién editado por Alianza, "a lo largo de la historia ha
habido un culto al culo musculoso, especialmente de la mujer. Fue
particularmente valorado en la edad de piedra, en la Edad Media y en los
siglos XVI-XIX. En el siglo XX cabe destacar la década de los cuarenta,
en que triunfó la cintura de avispa con caderas prominentes, y la
década de los ochenta, en que tuvo su auge el body-building dándose
valor a las nalgas redondas, firmes y sin grasas". El volumen
enciclopédico le añade números a la pasión trasera. Al parecer, según
una encuesta realizada por la revista Quo en 1999, se trata de la zona masculina que más excita a las mujeres. Erika Lust, una aclamada directora y guionista de cine X diferente y autora del libro Porno para mujeres, dice
que es una de las partes del cuerpo masculino en la que más se recrea
cuando se encuentra detrás de la cámara. "Las mujeres quieren ver ese
culo fuerte trabajando, arriba y abajo". Es, según ella, una de las
grandes diferencias con la pornografía heterosexual tradicional,
falocrática y sentimentalmente rudimentaria. "Nunca muestra la espalda
de los hombres ni sus brazos, ni cómo rodean con ellos a la mujer".
2. LOS PIES
Cuenta
una antigua teleoperadora erótica que lo que más excitaba a sus
clientes, al otro lado de la línea, era que les hablara de sus pies y de
lo que les iba a hacer con ellos. Otra colega de profesión, esta
especializada en dominación y humillación por vía telefónica, solía recorrer su casa en tacones mientras hablaba con sus sumisos. Les volvía locos, según contaba, oír ese toc, toc, toc de
fondo, repicando contra el suelo. Uno le llegó a regalar un par de
sandalias de fiesta. Y le reclamó que se las pusiera de vez en cuando
para que dejara su impronta en ellos antes de devolvérselos. La
podofilia es mucho más común de lo que se piensa. Alrededor de un 5% de
los hombres se sienten fuertemente atraídos por los pies femeninos. O
eso cuenta Dian Hanson. "Créeme, tengo experiencia en esto. Trabajé
varios años en una revista para fetichistas", explica. "Algunos suelen
decir: 'Oh, me encanta su forma'. Otros: 'Es porque está escondido tras
el zapato'. Pero si son honestos, todos deberían reconocer que lo que
realmente les atrae es el olor. Es cierto. El pie desprende feromonas.
Igual que los sobacos, los alrededores del pezón y las áreas genitales.
Nos conecta con la sexualidad. No hay nada de lo que avergonzarse".
Hanson añade al respecto que esta pasión podal resulta infrecuente entre
mujeres. Pero ahí está el caso de Susana Moo, amante del descubrimiento
veraniego de los empeines potentes y las plantas bien cuidadas. Del
culto erótico al pie, ilustra el escritor Gregorio Morales, hay
constancia en la China de hace 10 siglos, bajo el reinado de Li Yü. Su
mujer, Yao-niang, dio origen a la práctica de vendarlos para mantenerlos
secretos y diminutos. En 1912, añade el autor, se prohibió esta
costumbre. Lo cuenta en un texto reciente en el que explica la fiebre
española por el pie durante los siglos XVI y XVII. "Francisco Pacheco,
pintor y suegro de Velázquez, exigía que jamás aparecieran desnudos en
los cuadros los pies de la Virgen. Ni los senos ni el sexo eran tan
importantes". Y añade un episodio del Quijote en el que el cura y
el barbero observan a una muchacha, Dorotea, lavarse los pies desnudos
en un arroyo: "Es un pasaje fuertemente erótico, y así fue leído por sus
contemporáneos".
3. EL PENE
Dice Dian Hanson que
todos nos sentimos atraídos, en general, por "las cosas que salen hacia
fuera". Pero el culto al pene ha tenido sus fases. Y no siempre
crecientes. En la antigua Grecia, los actores de teatro solían colocarse
un enorme falo para que el público distinguiera a los personajes
masculinos. La misma palabra fascinación, por ejemplo, tiene su
origen en un amuleto con forma de órgano masculino que los romanos
solían guardar para espantar el mal de ojo. Y también en Roma, durante
las fiestas en honor al dios Baco, los ciudadanos solían sacar enormes
penes en procesión. Esta costumbre existe hoy a varios miles de
kilómetros de distancia, en Kawasaki (Japón). Lo llaman el Kanamara
Matsuri o festival del pene de metal, durante el cual exhiben un
gigantesco órgano por las calles de la ciudad. La tradición se remonta,
al parecer, a una epidemia de sífilis ocurrida hace 300 años. Pero entre
tanto, salvando la constante adoración hindú al dios Shiva,
representado por un miembro redondeado, el pene se ha visto abocado a la
pudicia. La cineasta Erika Lust, doctorada en sociología y feminismo,
dice que echa en falta más arte que se recree en ciertos aspectos del
cuerpo masculino: "El 85% de las pinturas de desnudos colgadas en las
paredes de los museos corresponden al cuerpo femenino". El falo ha
pasado siglos oculto. Es tabú y no lo es. En el cine comercial es raro
ver un desnudo integral masculino. No es frecuente tampoco que los
quioscos vendan revistas para mujeres con enormes falos en la portada.
Sin embargo, de los cuatro libros de Taschen dedicados a las partes más
eróticas del cuerpo (el culo, el pecho, las piernas y el pene), este
último ha sido el más vendido de la colección. Cuenta su editora que
solía ver en las librerías a las parejas acercarse y observar el tamaño
de los penes inmortalizados en las fotografías. Se reían y cuchicheaban.
Pero la mujer se iba y el hombre permanecía atónito, pasando páginas.
"Él se siente aún más fascinado que la mujer por el pene. Desde la cuna.
Le preocupa el tamaño, si sube o si baja, si se mantiene arriba lo
suficiente...".
4. EL PECHO
Desde los enormes senos
de la Venus de Willendorf y otros exvotos similares de la edad de
piedra, el ser humano ha ligado la fertilidad femenina a estas
protuberancias y a su tamaño, como una muestra de "la capacidad
reproductiva" de la que hablaba el doctor Janiko Georgiadis. "Su tamaño
nos habla de la habilidad para amamantar. Es algo instintivo", comenta
Dian Hanson. Según otra encuesta de la revista Quo del año 2000,
es la parte femenina más deseada por los hombres. El volumen del pecho
es quizá una de las mayores preocupaciones estéticas de las mujeres. De
hecho, el refranero español siempre anduvo sobrado de referencias al
tamaño y al poder de convicción irracional del pecho femenino. Y su
evocación suele asociarse a cuestiones eminentemente positivas; según el
Diccionario del sexo y el erotismo, por ejemplo, la palabra teta tiene
un uso coloquial y figurado: "Referido a algo muy bueno". Sin tanta
fuerza, ocurre también en los hombres: el pecho es una de las zonas
masculinas más deseadas. Los gimnasios de musculación prometen
pectorales fuertes. Y la depilación se encuentra a la orden del día,
aunque también existen adoradores del pecho velludo.
5. LAS PIERNAS
Es
quizá el atributo más dependiente de la ropa externa. Su veneración a
lo largo de la historia ha estado directamente relacionada con el largo
de la prenda que las cubría. Y, por extensión, por su grado de novedad.
"Cuando tras la I Guerra Mundial la falda comenzó a subir, el erotismo
del pie se trasladó a la pierna", según un sugerente texto del escritor
Gregorio Morales titulado Mi fetichismo de pies tiene historia. "Se erotizaron porque
se fueron cubriendo", añade Dian Hanson. Durante la edad moderna, por
ejemplo, se volvieron infranqueables cuando se extendió el uso de las
calzas bajo la falda, ya de por sí larga. "Ver un piquito entonces
resultaba muy excitante". El camino oculto a los genitales. Llegó el
cancán. La invención de las medias de nailon. Se rebajó el largo de las
faldas. Siguiendo la estela estadounidense, cuando en 1968 se legalizó
en este país la imaginería de la vulva y comenzó el desembarco de la
minifalda, la pierna femenina perdió cierto interés. El culto a las
piernas masculinas no ha causado nunca tanto fervor, aunque son una de
las partes más apreciadas del cuerpo de los hombres. David Beckham llegó
a asegurarse las suyas por cerca de 30 millones de euros.
6. LA VULVA
O,
por decirlo mejor, en palabras de Dian Hanson, "el punto en torno al
cual gira todo, el que despierta mayor fascinación. El centro biológico e
histórico. Todo ha consistido siempre en introducir el pene dentro de
la vagina". No impresiona estéticamente, cierto. Pero también desde las
Venus paleolíticas, su representación ha ido ligada al tamaño (la de
Willendorf posee unos labios mayores de gran envergadura). Hablar de la
vulva es hablar de su decoración. Se trata de uno de esos "territorios
pequeños" que mencionaba la sexóloga Natalia Rubio, a pulir con tatuajes
o piercings. Y casi todo, en estos días, gira en torno a su
depilación y al tipo de afeitado. Hay referencias del rasurado completo
en la mayoría de civilizaciones antiguas, de la egipcia a la griega. Las
ladillas tuvieron mucho que ver. "En la actualidad, a los hombres de 40
o 50 años les gusta el pelo. Ese era su objetivo adolescente, colarse
bajo la falda y tocar pelo. Les pone ver un poquito asomando
desde la ropa interior", explica Dian Hanson. El gran cambio se produjo
en los noventa, durante la generación pos-sida, con el auge del porno y
el miedo extendido a las enfermedades de transmisión sexual. Hanson
explica que la mayoría de mujeres rasuradas suelen decir que sin pelo se
sienten "más limpias". Aunque también se está produciendo un movimiento
de vuelta al vello púbico; hombres y mujeres que sienten aversión hacia
el "sexo de plástico", y que demandan "más pelo, más humedad y que las
relaciones tengan ese toque animal y primitivo". Sabe de lo que habla.
Su próximo volumen con Taschen tendrá por objeto la vulva. Se la juega:
todas las fotografías van con pelo.
7. LA BOCA
Si hacemos caso a la película de Woody Allen Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo y nunca se atrevió a preguntar (1972),
el erotismo más palpable comienza en la boca. A partir del contacto
entre labios se ponen en marcha los mecanismos internos de la
sexualidad. El interruptor hace clic. Se anuncia que la cosa puede ir a
más. Y entonces toca llamar a filas a un Woody Allen vestido de
espermatozoide. "El placer es la forma que tiene la naturaleza de
decirnos que hagamos cosas que son buenas para la supervivencia", dice
el doctor Janiko Georgiadis. "El sexo ha de ser especialmente
satisfactorio, para que las personas incluso lleguen a cruzar el umbral
de introducir un órgano dentro del otro e intercambiar fluidos
corporales". Sirvan la lengua y la saliva de metáfora. Si no nos
gustaran las bocas, no estaríamos aquí. Dalí transformó los labios
pintados de Marilyn Monroe en el sofá que preside la entrada del
teatro-museo de Figueres. Y ahí queda para la posteridad el gesto
reiterado de Jean Paul Belmondo en Al final de la escapada (1960) pasando una vez tras otra el dedo gordo por su labio grueso.
8. EL VIENTRE
Considerado
la antesala de los órganos genitales, desde el origen de los tiempos ha
estado vinculado a la sexualidad. De la danza oriental, por ejemplo,
hay evidencias en el imperio egipcio. Los griegos custodiaron durante
siglos una piedra con forma de ombligo invertido en el templo de Apolo a
la que consideraron el centro del mundo. Para ellos, el ombligo también
era el centro del cuerpo. La evolución estética del vientre ha pasado
por diferentes volúmenes y tersuras. Las Venus paleolíticas solían
presentar un aspecto desmesurado. Hoy vivimos tiempos sin grasa en los
que los abdómenes rígidos de Shakira y José María Aznar, por ejemplo,
compiten por las portadas.