deslumbrante
“No pueden ser canciones felices cuando nacen en un lugar que no lo es”. El organista Sam Coomes, de la banda Quasi, se refería de esta forma a la música de su amigo Elliot Smith.
Eran palabras que guardaban una gran verdad pero también una sincera
admiración hacia las composiciones de Smith. Como tantos, quedó
fascinado por su encanto melancólico, su aire místico y atemporal. Pocas
veces la tristeza ha sonado tan deslumbrante como en el pop preciosista
de Smith, quien se suicidó con 34 años. Con cinco discos en solitario,
dejaba un legado personalísimo, al que acuden cada vez más músicos y
oyentes en este ajetreado siglo XXI, como si en sus reflexiones
hirientes y sus bellas melodías se hallase el extraño consuelo ante la
contradicción.
Sin embargo, fueron su padre y un profesor los que le adentraron en la
música hasta querer dedicarse a ello. A los nueve años comenzó sus
estudios de piano. Su profesor, un tipo caótico pero muy lúcido, según
Smith, le transmitió una verdadera fe en la música. No tenía que
entenderla como un entretenimiento sino como una razón de ser. Su padre,
en cambio, le abrió el cielo al descubrirle a los Beatles. Cuando iba a su casa, solía ponerle el White Album. Quedó marcado, tanto que Smith llegó a decir: “¿Cómo no iba a querer ser músico después de oír Helter Skelter?”.
El repertorio desnudo de Smith fue ganando adeptos. Uno de ellos el
cineasta Gus Van Sant, que incluyó su música en su película El indomable Will Hunting. La aparición de su tema Miss Misery
en la banda sonora de la cinta de Van Sant le valió en 1997 una
candidatura al Oscar como mejor canción original, que terminó ganando Celine Dion.
Sin embargo, la compañía Dreamworks le fichó. Gracias a la lujosa
producción de la que dispuso, elaboró otras dos obras de orfebrería como
XO en 1998 y Figure 8 en 2000. Incluso pudo trasladarse a los estudios Abbey Road donde sus héroes habían grabado antes que él. En In the lost and found (honky bach), usó el mismo piano que Paul McCartney había tocado en Penny Lane.
Son canciones como un calidoscopio al giro. Luces y sombras se
alternan en ese carrusel en movimiento. La riqueza de arreglos y una voz
frágil reproducen el juego de contrastes. Dan el perfil escurridizo de
una persona perdida, que no quiere quedar alineada ante la incontestable
fuerza del sistema pero no sabe cómo huir. Moviéndose con el cambio de
siglo, Smith se presentaba como un autor tan íntimo como original. Dicen
que los que le conocían preguntaban a sus amigos: “¿Por qué está este
chico tan triste?” Y nadie, tal vez ni siquiera era él, que no dejaba de
ser una persona divertida en los momentos buenos, tenía la respuesta.
Nacido en un pueblo del sombrío Estado de Nebraska, Smith se
convirtió pronto en hijo de padres divorciados. Al poco de la
separación, se mudó con su madre al pueblo de Ducanville, en Texas, y
allí vivió rodeado del country de la zona que marcó su educación
musical. Según el propio Smith, escuchaba mucha música tejana y sentía
especial predilección por Hank Williams, maestro del género que hipnotizaba con su espíritu roto, transmitiendo una digna pena.
En Texas con su madre las cosas eran bien distintas. Su familia
materna formaba parte de la Comunidad de Cristo y asistió durante su
infancia a la Iglesia Metodista. Vivía en un ambiente austero, muy
religioso y moral, donde se le inculcaba un profundo "miedo al
infierno". Hasta que con 14 años tomó la decisión de su vida. Como
queriendo cerrar con su pasado para siempre, se hizo un tatuaje del mapa
de Texas en su brazo derecho y decidió mudarse con su padre a Portland,
en Oregon. Allí, estudió Ciencias Políticas y conoció a Neil Gust, un
compañero con el que le gustaba hablar de la sociedad y la cultura
norteamericanas. Ambos tenían una visión escéptica de su entorno y a la
vez compartían el gusto por la música de los Beatles y Elvis Costello. Decidieron formar la banda Heatmiser, al tiempo que empezaron a experimentar con las drogas y, en el caso de Smith, excederse con el alcohol.
Con Heatmiser, Smith, que era cantante, guitarrista y compositor, dejó entrever en el álbum Dead air
algunos de sus sueños y pesadillas, que más tarde se desarrollaron y
concretaron cuando arrancó su carrera en solitario en 1994 con Roman Candle.
Para entonces, había dejado Heatmiser disgustado porque sus canciones
quedaban nubladas por el ruido y las distorsiones. Tenía un concepto muy
claro de lo que buscaba musicalmente. El pop que soñaba en su cabeza
estaba basado en una progresión interior de las melodías. Con arreglos
más cristalinos, se trataba de dejar espacio a la música como síntoma
vital, bien fuera en una faceta eléctrica o en una acústica. Las
canciones, como los sentimientos, tenían que esconder su propio
universo, aunque estuviera formado por mundos opuestos. Letras
angustiosas con música evocadora. Música cruda con letras más optimistas
o irónicas. En sus propias palabras: “Se puede estar triste y contento
al mismo tiempo y es ahí cuando me salen mis mejores canciones".
Mientras trabajaba de panadero o limpiando chimeneas, la música pasó a
convertirse en su necesidad. Formaba parte de su vida. El grandioso Either / Or,
publicado en 1997, es su incursión definitiva en esa visión de la
existencia absurda a través del poder redentor del pop. El pop, bañado
en los sesenta, con los ecos nostálgicos de los Beachs Boys
o los Beatles. Una perspectiva musical que parecía adquirir más
profundidad cuanto más desorientado se hallaba en la vida. Ese mismo
año, había intentado suicidarse y sus amigos se habían empezado a
preocupar por su comportamiento alcohólico y autodestructivo. Le
convencieron para que pasara una corta temporada en un hospital
psiquiátrico de Arizona pero la experiencia no sirvió de nada.
En sus canciones volcaba sus dudas existenciales. Era una filosofía
mundana, alejada de los púlpitos, pero de un fuerte valor simbólico ante
unos tiempos donde primaban la banalidad y la obsesión. Para finales
del siglo XX, la sociedad estadounidense había asentado su supremacía en
una falta de valores sin complejos ante la consecución del éxito, el
enriquecimiento o el poder. De la corrupción a la mitomanía, de la
tradición enfermiza al despilfarro. El país entero vería a un presidente
tan popular como Bill Clinton ser juzgado por abuso de poder y perjurio
por el escándalo de Monica Lewinsky. Ciertamente, la decadencia estaba
siendo retransmitida en directo. Tal y como decía el protagonista de America Beauty,
tal vez la película que en 1999 mejor definió aquella desorientación
que influían en la vida de las personas: “Me llamo Lester Burnham, este
es mi barrio, esta es mi calle, esta es mi vida. Tengo 42 años. En menos
de un año habré muerto. Claro que eso no lo sé aún. Y, en cierto modo,
ya estoy muerto. Aquí me tienen, cascándomela en la ducha. Para mí, el
mejor momento del día; a partir de aquí todo va a peor”.
Con el telón de fondo de las drogas y el alcohol, todo fue a peor el
21 de octubre de 2003. Aquel día, tras una pelea de pareja, su novia se
lo encontró agonizando en su casa de Los Angeles. Tenía dos cuchilladas y
murió al llegar al hospital. La policía dijo que fue un suicidio pese
al misterio que rodeó su muerte. Sus amigos contaron que llevaba una
temporada carente de ilusiones a pesar de las canciones que preparaba y
que aparecieron en un disco póstumo. Su música seguía evocando otros
lugares. Su pop frágil era como una supernova, explotaba en el interior y
dejaba una galaxia de destellos revoloteando. Como la bolsa del
supermercado que grababa el chico de American Beauty. Una bolsa
que bailaba al ritmo del viento y coqueteaba con las hojas secas de los
árboles en otoño. La fragilidad y la melancolía del pop de Smith. En
sus propias palabras: "Si no hay nada más que aquello que puedes ver,
entonces el mundo se presenta muy pequeño".